Águilas (Murcia), abril de 2012
Querido papá:
Te escribo esta carta para hacer
una reflexión sobre mi educación. Prefiero escribirlo y que tú los leas, ya que
hablarlo cara a cara contigo me podrías ir cortando, y puede que haya cosas que
se me olviden o pierda el hilo de lo que quiero decirte.
Antes de analizar lo que has sido
tú para mí, y la educación recibida en casa, quiero agradecer vuestro
comportamiento hacia mí. Gracias a esas vivencias, he forjado un carácter,
pienso, que fuerte. Soy capaz de enfrentarme a los obstáculos de la vida, con
ánimo y sin desfallecer en el intento de superarlos; de aprender, a pesar de
que ya no soy un niño. Aprender que cada día nuevo, trae cosas nuevas por
descubrir. Ansiar buscar el por qué de las cosas (todo tiene un ¡por qué!) para
avanzar un peldaño más en esa larga escalera que es la vida (aunque haya
personas que no lleguen a subirla entera).
Después de agradecer esa
educación y vivencias a vuestro lado – tuyo y el de mamá- empezaré a analizar,
para bien o para mal, lo que han sido los aciertos y errores, que desde mi
punto de vista has cometido en mi educación.
Empezaré desde el principio,
desde que tengo recuerdos de mi niñez. Yo era un “trasto”, el pequeño de los
dos hijos que tenías. Yo era el travieso, el inquieto, el que aprendía las
cosas del mayor, el que se llevaba las reprimendas, cuando éramos los dos lo
que hacíamos las trastadas (mi hermano tiraba la piedra y escondía la mano). Yo
era el que no hacía caso, el rebelde. Tal vez podrías haber pensado que yo
llegaba a un lugar donde tenía que ganarme el sitio. Vosotros erais tres,
vivíais tranquilos (mi hermano, según vosotros, siempre fue un niño ejemplar);
yo llegué para romper esa tranquilidad, esa armonía, que vosotros decíais tener
antes de mi llegada.
Siempre me echabas en cara lo que
trabajabas, y que con lo cansado que llegabas no tenías tiempo de jugar con
nosotros, que siempre estábamos haciendo ruido, (yo hacía ruido, mi hermano,
no), que me fijara en mi hermano que siempre se portaba bien y no daba guerra,
como si mi carácter inquieto pudiera parecerse, ni en un momento, al carácter
sosaina de mi hermano. Él era el bueno, pero yo ahora te pregunto: ¿el bueno de
qué?, o, ¿el bueno, por qué? Porque no os contradecía y hacía las cosa a
vuestra espaldas. Porque no se metía en líos. Porque era más responsable (según
vosotros).Pero tú no me dabas el tiempo que a él le habías dado. Simplemente me
comparabas con él. Tú no podías pensar, que a mí me gusta ser como soy. La
gente que se paraba con mamá y conmigo cuando íbamos al mercado, todas estas
personas coincidían en que era muy simpático, que me reía con cualquiera, lo
gracioso que era, claro, igual eso para ti era llamar la atención y ser un
maleducado.
Según iba creciendo, se acentuaba
esas comparaciones con mi hermano. Tú no podías admitir mi rebeldía, yo siempre
cuestionaba los hechos. Yo era el que buscaba las dificultades donde no las
había, el que no entraba en razones, tus razones; quizás, y desde la
perspectiva que ahora con el tiempo tengo, tú no me sabías explicar esos
hechos. Ese por qué las cosas son de una forma y no de otra, era más fácil el
ordeno y mando. No sabías o no tenías el tiempo y la paciencia de explicármelo,
siempre trabajando, siempre la excusa del cansancio; quizás ¿ser padre no es
también un trabajo? Los niños no venimos al mundo porque queramos, sino que son
los padres los que nos traen, y ello conlleva una responsabilidad – eso es lo
que pensé yo cuando decidí tener un hijo -, y vosotros en vuestro tiempo ¿qué
pensabais? ¿Qué llegábamos sabiendo? ¿Qué sabíamos cómo comportarnos? Pues, no. Íbamos aprendiendo según crecíamos
de nuestro entorno, los niños por naturaleza son curiosos, y yo de niño
también, y los padres están para dar respuestas a las preguntas de los hijos.
Pero como de todo se aprende,
llegué a mi adolescencia, y la cosa no mejoró, porque según tú siempre te daba “quebraderos
de cabeza”. Yo intentaba explicarte, desde mi punto de vista el por qué hacía
las cosas como las hacía, pero tú en vez de intentar razonar conmigo, imponías
tu ley, imponías tu poder para que las hiciera de la forma que tú querías, sin
pararte a pensar que tal vez yo no estuviera tan equivocado. Pero para ti era
más fácil y más cómodo, que yo entrara en tu mundo, sin reparar que yo quería
vivir el mío.
Era adolescente y ya trabajaba.
Maduraba a ritmos forzados. Aprendía de la gente que me rodeaba – todos mayores
que yo – por lo que quería hacer lo que ellos. Pero tú no lo entendías, o si lo
entendías no me lo explicabas. Para ti era más cómodo regañarme e imponer tu
voluntad, para tenerme a tu lado y que no saliera a divertirme. Trabajar sí,
pero salir de fiesta con amigos, no. Según tú, todos querían aprovecharse de
mí, todos se iban a reír porque era el más pequeño y sólo me podían enseñar
cosas malas. Luego me dejarían solo y no estarían a mi lado; aún hoy, escribiéndote
esta carta me vienen a la memoria tus palabras: “Los amigos están en los
momentos buenos, pero en los malos, es la familia la que siempre está ahí”. Con
el tiempo he aprendido que a los amigos los eliges tú, mientras que la familia
naces con ella impuesta. Esto no quiere decir que no esté orgulloso de la
familia que me ha tocado. La verdad es que para mí vosotros habéis sido un
ejemplo de sacrificio para sacarnos adelante a mi hermano y a mí. Pero ha
habido formas en vuestra manera de educarme, que hoy yo pienso, habéis errado.
Siempre has querido que fuera como mi hermano, nunca vistes que cada uno es
como es. Él era más tranquilo, más cerebral, pensaba como actuar para que te
sintieras orgulloso de él, pero yo que salía con él, veía que fuera de tus miradas,
él se comportaba de modo diferente, más espontáneo y no de forma tan diferente
a mi comportamiento. Yo en cambio protestaba tus decisiones, y aunque te enfadabas conmigo,
no me explicabas el porqué debía hacer las cosas como tú querías, así que a
pesar de tu enfado hacía las cosas a mi manera. Esto conllevaba un
enfrentamiento entre los dos, que como siempre ganaba el que estaba más alto en
la jerarquía, el padre. Pero para mí también era un triunfo, ya que conseguía
que la siguiente vez pudiera hacerlo, a pesar de tu oposición la primera vez.
No me gustaría que tomaras esta
carta como reproche a la forma de educarme. Ni que te culpo de como hoy son las
cosas al tratarnos, yo creo que tenemos confianza para decirnos las cosas;
simplemente reflexiono de cómo eras tú, y la forma de educación cuando yo era
joven. De cómo yo, no cometa los errores que cometisteis vosotros en mi
educación con mi hijo.
Yo le dejo volar, porque los
hijos crecen y hay que dejarlos marchar, claro que antes un hijo era un sueldo
más en casa, y hoy, lo que queremos algunos padres, es que ellos anden su
propio camino.
No quiero acabar la carta sin
agradecerte lo mucho que he aprendido de ti, con tus errores y aciertos, has
conseguido que yo sea como soy. Me considero buena persona, preocupado por lo que
sucede a mi alrededor. He sido capaz de crear mi propia familia; y espero que
un día mi hijo pueda escribirme una carta como ésta que te escribo yo a ti hoy.
Sin resentimiento e intentando comprender las dificultades que en su día te
encontraste para sacarnos adelante.
Dicen que de un buen libro se
aprende. Pero de la lectura de un mal libro también se puede aprender. Yo
aprendí leyendo del libro que tenía más cercano, no sé si bueno o malo, y
aunque tenía tachones, yo creo que aprendí lo suficiente para salir al mundo.
Aprendí lo que era la vida, la forma de afrontar los problemas que van con ella
–aunque la mía muy diferente a la tuya-, que la vida no es un camino de rosas,
sino que para llegar a la rosa primero hay que sortear las espinas.
Recibe un beso con todo el amor
de tu hijo
JAIME
P.D.
Siempre te agradeceré el que hayas luchado por mí, incluso cuando el que se
equivocaba era, yo.
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